Inmunología del embarazo: cómo se adapta el sistema inmunitario durante la gestación
El sistema inmunitario tiene una tarea esencial: reconocer qué pertenece al organismo y qué puede representar una amenaza. Gracias a esa capacidad puede responder frente a microorganismos, detectar determinadas células alteradas y reconocer tejidos procedentes de otra persona. Desde ese punto de vista, el embarazo plantea una situación biológica extraordinaria.
El embrión no es genéticamente idéntico a la madre. Aproximadamente la mitad de su información genética procede del padre y, como consecuencia, algunas células relacionadas con el embarazo expresan moléculas diferentes de las maternas. En un trasplante, diferencias inmunológicas de este tipo pueden contribuir a que el organismo reconozca el tejido recibido como ajeno y desencadene una respuesta capaz de dañarlo.
La pregunta parece inevitable: si el sistema inmunitario materno puede reconocer que el embarazo no es completamente “propio”, ¿por qué no lo rechaza?
Durante décadas, esta aparente paradoja llevó a comparar al feto con un «semialoinjerto», es decir, con un tejido parcialmente diferente desde el punto de vista inmunológico. La comparación ayudó a formular el problema, pero hoy sabemos que explica mal su solución.
Buena parte del encuentro entre la madre y el embarazo se produce en una zona muy concreta: la interfaz materno-fetal, donde los tejidos uterinos se relacionan con las células del trofoblasto que participarán en la formación de la placenta. Allí se crea un entorno especializado en el que reconocimiento inmunológico, regulación celular, inflamación fisiológica y remodelación de los tejidos se coordinan desde las primeras semanas.
Para entender cómo ocurre, conviene seguir el proceso desde el principio.
El útero empieza a prepararse antes de que llegue el embrión
Después de la ovulación, la progesterona comienza a transformar el endometrio, el tejido que recubre el interior del útero. Si se inicia un embarazo, esa transformación continúa y el endometrio se convierte en un tejido especializado denominado decidua.
La decidua no es simplemente la superficie sobre la que se implanta el embrión. Cambian sus células, su metabolismo, sus vasos sanguíneos y las señales químicas que circulan por el tejido. También cambia de forma llamativa su composición inmunológica.
Durante el primer trimestre, los leucocitos maternos pueden representar alrededor del 40 % de las células presentes en la decidua. Dentro de esa población predominan las células NK uterinas, que constituyen aproximadamente un 70 % de las células inmunitarias. Los macrófagos representan alrededor del 20–25 % y los linfocitos T una proporción menor, aunque funcionalmente importante.
Estas cifras permiten visualizar algo que será fundamental para comprender todo el proceso: la implantación ocurre en un tejido extraordinariamente rico en células inmunitarias.
Su presencia no es accidental. Algunas de ellas participarán directamente en la formación del entorno que necesita la futura placenta.
Cuando el trofoblasto se encuentra con las células maternas
Pocos días después de la fecundación, el embrión llega al útero como blastocisto y comienza la implantación. Las células que forman su capa externa originarán el trofoblasto, del que procederá una parte esencial de la placenta.
Algunas se especializan posteriormente como trofoblasto extravelloso. Estas células penetran en la decidua y avanzan hacia los tejidos y vasos sanguíneos maternos, estableciendo uno de los contactos más estrechos entre el embarazo y el organismo de la madre.
Desde el punto de vista inmunológico, este encuentro tiene una particularidad importante.
Las células humanas utilizan unas moléculas llamadas HLA como parte de su sistema de identificación frente al sistema inmunitario. El trofoblasto extravelloso presenta, sin embargo, una combinación poco habitual: expresa HLA-C, HLA-E y HLA-G, pero no HLA-A ni HLA-B, dos moléculas clásicas especialmente relevantes en el reconocimiento de tejidos genéticamente distintos.
Esto no vuelve al trofoblasto invisible. Lo que hace es modificar profundamente la manera en que puede ser reconocido por las células inmunitarias maternas.
Entre esas células destacan las NK uterinas.
Las células NK uterinas participan en la formación de la placenta
El nombre natural killer puede resultar desconcertante, especialmente para una mujer que encuentra estas siglas después de una pérdida gestacional o durante un estudio de fertilidad.
Pero las NK presentes en la decidua temprana no se comportan igual que muchas de las NK que circulan por la sangre.
Las NK periféricas están especialmente preparadas para reconocer y eliminar determinadas células infectadas o alteradas. Las NK uterinas presentan características diferentes y producen numerosas señales relacionadas con la regulación del trofoblasto, la formación de vasos sanguíneos y la organización del tejido decidual.
Además, no constituyen una población uniforme.
En 2018, Roser Vento-Tormo y sus colaboradores analizaron aproximadamente 70.000 células individuales procedentes de placentas del primer trimestre, decidua materna y sangre. El estudio permitió identificar diferentes subtipos de NK deciduales y reconstruir numerosas posibles vías de comunicación entre las células maternas y las placentarias.
La imagen que emerge de estas investigaciones es la de un ecosistema celular complejo. Las distintas poblaciones no se limitan a coexistir: intercambian señales capaces de modificar su comportamiento.
Una de esas formas de comunicación implica a los receptores KIR presentes en determinadas NK uterinas y a la molécula HLA-C del trofoblasto. Esta interacción forma parte de la regulación inmunológica de la placentación y algunas combinaciones genéticas se han asociado con determinados resultados obstétricos.
El detalle de KIR y HLA-C merece un artículo propio. Para comprender este proceso basta con quedarse con una idea: el reconocimiento inmunológico entre madre y placenta no desaparece; está cuidadosamente organizado.
Remodelar las arterias para construir la circulación placentaria
Una de las consecuencias más importantes de todo este diálogo puede observarse en las arterias espirales del útero.
Antes del embarazo son vasos relativamente estrechos, con una pared muscular capaz de modificar su calibre. Esa estructura resulta adecuada para un endometrio que cambia durante cada ciclo menstrual, pero no sería suficiente para abastecer durante meses a una placenta en crecimiento.
Durante las primeras semanas, estas arterias experimentan una transformación profunda. Aumentan su diámetro, pierden progresivamente buena parte de la musculatura de sus paredes y disminuyen su resistencia. Así se convierten en conductos capaces de proporcionar a la placenta un flujo sanguíneo abundante y estable.
El trofoblasto extravelloso participa directamente en esa remodelación al penetrar en la decidua y alcanzar las arterias.
Las células inmunitarias forman también parte de este entorno. Alrededor de los vasos aparecen NK uterinas y macrófagos que producen mediadores relacionados con la angiogénesis, la modificación de los tejidos y el comportamiento del trofoblasto.
La secuencia exacta y el peso de cada población celular continúan estudiándose en humanos, pero el conjunto de la evidencia sitúa a las células inmunitarias dentro de la red que acompaña y regula la transformación vascular.
Este proceso permite comprender mejor su presencia en la decidua. Algunas células que solemos asociar con la defensa participan también en la organización física del lugar donde crecerá la placenta.
La implantación también utiliza inflamación
Para que todo esto ocurra es necesario remodelar intensamente el tejido uterino. El trofoblasto avanza por la decidua, los vasos sanguíneos cambian su estructura, algunas células desaparecen y otras modifican su función.
Muchos de estos procesos utilizan moléculas que también intervienen en las respuestas inflamatorias.
Esto no debería sorprendernos. La inflamación no es únicamente un mecanismo de enfermedad. El organismo también la utiliza para reparar heridas, movilizar células, generar nuevos vasos y reorganizar tejidos.
La implantación necesita algunas de esas mismas herramientas.
Citocinas, quimiocinas y factores de crecimiento ayudan a coordinar el comportamiento de las células presentes en la interfaz materno-fetal. Por eso, describir un embarazo sano simplemente como un estado «antiinflamatorio» sería incorrecto.
También lo sería imaginar una cantidad ideal de «inflamación» que pudiera medirse en una analítica.
Cuando hablamos de inflamación estamos agrupando vías biológicas diferentes. Importa qué molécula interviene, qué célula la produce, en qué tejido actúa, durante cuánto tiempo y en qué momento de la gestación.
Un marcador aislado difícilmente puede resumir un proceso de esta complejidad.
Regular la respuesta también es parte del proceso
Hasta ahora hemos hablado sobre todo de la inmunidad innata, representada por células como las NK y los macrófagos. Pero el organismo dispone además de una inmunidad adaptativa mucho más específica, en la que participan los linfocitos T.
Algunos antígenos relacionados con el embarazo proceden del padre, de modo que también esta parte del sistema inmunitario necesita una regulación muy precisa.
Intervienen varios mecanismos. El peculiar repertorio de HLA del trofoblasto limita determinadas formas de reconocimiento, la presentación de antígenos en la decidua está regulada y existen poblaciones de linfocitos que ayudan a contener respuestas potencialmente excesivas.
Entre ellas se encuentran las células T reguladoras, conocidas como Treg.
Su papel forma parte de una red más amplia de tolerancia materno-fetal. No se trata de que el organismo haya dejado de distinguir una célula propia de una diferente, sino de que el resultado de ese reconocimiento puede ser regulación en lugar de destrucción.
La placenta también debe defender
Una vez establecida la placenta, el desafío cambia.
Durante los meses siguientes debe mantenerse una estrecha convivencia entre madre y embarazo sin perder la capacidad de responder frente a virus, bacterias y otros microorganismos.
La placenta participa activamente en esa defensa. Sus células pueden reconocer determinadas señales de infección y activar mecanismos antivirales y antimicrobianos, mientras las células inmunitarias maternas presentes en la decidua conservan también funciones defensivas.
Hacia la segunda mitad de la gestación aparece además otro mecanismo especialmente interesante: la transferencia de anticuerpos maternos del tipo IgG a través de la placenta.
Esos anticuerpos proceden de la experiencia inmunológica de la madre —por infecciones previas o vacunaciones— y proporcionarán al recién nacido una forma de protección pasiva durante sus primeros meses de vida.
La relación inmunológica entre madre y bebé adquiere así otra dimensión. No solo permite mantener el embarazo; también comienza a preparar al recién nacido para el mundo exterior.
La inmunología cambia a medida que cambia el embarazo
Las necesidades de la gestación no son las mismas durante la implantación que en la semana treinta o en el momento del parto.
Al principio predominan procesos relacionados con decidualización, invasión trofoblástica y remodelación vascular. Una vez establecida la placenta, adquieren especial importancia los mecanismos que mantienen estable la interfaz materno-fetal y permiten responder a las infecciones. Al acercarse el parto, diferentes vías inflamatorias participan de nuevo en la maduración del cuello uterino y la activación del músculo uterino.
Durante años se resumió esta evolución mediante un esquema relativamente sencillo: una primera etapa inflamatoria, una fase intermedia predominantemente antiinflamatoria y un final nuevamente inflamatorio.
Puede servir como primera aproximación, pero hoy sabemos que la realidad es menos ordenada.
En un mismo momento pueden coexistir respuestas diferentes en sangre, decidua, placenta y otros tejidos. Incluso dentro de una misma zona existen poblaciones celulares con comportamientos distintos. La gestación parece depender más de un reajuste continuo que de una sucesión de tres estados inmunológicos claramente separados.
Cuando estas preguntas llegan a una consulta de fertilidad
Hasta aquí hemos hablado fundamentalmente de la fisiología de un embarazo normal. Pero muchas personas llegan a la inmunología reproductiva desde un lugar completamente diferente.
Después de una pérdida gestacional, quizá de varias. Tras transferencias embrionarias que no han dado lugar a embarazo. O después de recibir resultados en los que aparecen términos como NK, KIR, HLA, citocinas o «inflamación».
En ese contexto resulta razonable preguntarse si alguno de los mecanismos que acabamos de describir puede explicar lo sucedido.
En determinadas situaciones tenemos respuestas bastante sólidas. El síndrome antifosfolípido, por ejemplo, es una enfermedad autoinmune reconocida que puede asociarse con determinadas complicaciones reproductivas y obstétricas. Dispone de criterios clínicos y analíticos y cuenta con tratamientos respaldados por evidencia cuando están indicados.
En otras áreas, sin embargo, la investigación está mucho más avanzada en la comprensión de los mecanismos que en su aplicación diagnóstica.
Las NK ofrecen un buen ejemplo. Su participación en la fisiología de la decidua y la placentación está bien respaldada. Sin embargo, los estudios que han intentado relacionar su número con pérdidas gestacionales recurrentes o fallos de implantación muestran resultados heterogéneos, utilizan técnicas diferentes y no permiten establecer con suficiente fiabilidad qué significa una determinada cifra para una mujer concreta.
Por este motivo, las recomendaciones actuales de ESHRE no aconsejan utilizar de forma rutinaria los recuentos de NK periféricas o uterinas para estudiar el fallo recurrente de implantación. Una cautela semejante se aplica a determinados análisis de citocinas, linfocitos T uterinos o compatibilidad HLA-C.
En las pérdidas gestacionales recurrentes, la actualización de ASRM de 2026 mantiene una posición similar: fuera de enfermedades concretas como el síndrome antifosfolípido, no recomienda incorporar de rutina pruebas inmunológicas no validadas ni utilizar sus resultados como fundamento para tratamientos inmunológicos empíricos.
De un hallazgo científico a una prueba clínica hay varios pasos
Este es quizá el punto más importante para quien busca respuestas después de una historia reproductiva difícil.
Que una célula participe en la implantación no significa que medirla permita explicar por qué un embarazo no comenzó.
Que una alteración aparezca con mayor frecuencia en un grupo de mujeres con pérdidas no demuestra que esa alteración haya causado las pérdidas de una mujer concreta.
Y que un medicamento pueda modificar una vía inmunológica tampoco demuestra que administrarlo vaya a aumentar la probabilidad de tener un hijo.
Para convertir un mecanismo biológico en una herramienta clínica necesitamos recorrer varios pasos: demostrar una asociación consistente, disponer de una prueba reproducible, saber qué resultados son realmente anormales, comprobar que el hallazgo permite predecir algo relevante y, finalmente, demostrar que actuar sobre él mejora los resultados.
En buena parte de la inmunología reproductiva conocemos con bastante detalle los primeros eslabones de esa cadena, pero todavía no los últimos.
Cuando detrás hay varios abortos o tratamientos sin éxito, esta diferencia puede resultar frustrante. Encontrar una alteración proporciona a veces la sensación inmediata de haber encontrado por fin una explicación. La medicina, sin embargo, debe distinguir entre una hipótesis plausible y una causa suficientemente demostrada.
Un embarazo posible gracias a una relación extraordinariamente compleja
Podemos volver ahora a la pregunta inicial.
El embarazo contiene estructuras genéticamente diferentes de la madre y el sistema inmunitario puede reconocer algunas de esas diferencias. Sin embargo, ese encuentro ocurre dentro de un entorno biológico muy especializado.
Antes de la implantación, el endometrio se transforma en decidua. Cuando llega el embrión, el trofoblasto entra en contacto con los tejidos maternos utilizando un repertorio particular de moléculas HLA. Las NK uterinas, los macrófagos y otras células participan en una red de comunicación relacionada con la implantación y la formación de la circulación placentaria. Determinadas señales inflamatorias permiten remodelar los tejidos mientras otros mecanismos reguladores limitan respuestas potencialmente perjudiciales.
A medida que avanza la gestación, cambian las necesidades y también las respuestas inmunológicas. La placenta debe mantener su capacidad de defensa y, meses después, comenzará además a transferir anticuerpos maternos al futuro bebé.
No existe un único mecanismo que explique cómo la madre «acepta» al embrión. Existe una red de procesos que comienza antes de la implantación y continúa modificándose hasta el nacimiento.
Hoy conocemos muchos de sus protagonistas y cada vez podemos observar con mayor precisión cómo se relacionan entre sí. Lo que todavía no podemos hacer es convertir automáticamente cada una de esas relaciones en una explicación de la infertilidad o de las pérdidas gestacionales de una persona concreta.
La inmunología del embarazo ha avanzado enormemente porque nos permite comprender mejor cómo puede establecerse y mantenerse una gestación entre dos biologías que no son genéticamente idénticas.
Información médica divulgativa
Este artículo tiene carácter divulgativo e informativo. Su objetivo es ayudar a comprender cómo participa el sistema inmunitario en la implantación, la formación de la placenta y el desarrollo del embarazo, así como explicar qué aspectos están bien establecidos científicamente y cuáles continúan siendo objeto de investigación.
La inmunología reproductiva es un campo complejo y en evolución. La existencia de un mecanismo biológico, una asociación científica o una prueba disponible no significa necesariamente que permita diagnosticar la causa de una infertilidad, un fallo de implantación o una pérdida gestacional en una persona concreta.
La información de este artículo no sustituye la valoración médica individual, el diagnóstico ni la indicación de pruebas o tratamientos. Ante pérdidas gestacionales recurrentes, dificultades para conseguir embarazo, resultados inmunológicos alterados o dudas sobre tratamientos relacionados con el sistema inmunitario, la interpretación debe realizarse dentro de la historia clínica completa y con el equipo sanitario correspondiente.
Autor
Francisco Carrera Sorensen
Persona | Experto en Comunicación y Divulgación de la Ciencia (UAM) | Embriólogo Clínico certificado (ASEBIR) | Máster en Biología de la Reproducción Humana (IVIC) | Licenciado en Bioanálisis (UCV).





