¿Cuántos intentos de FIV suelen ser necesarios para lograr embarazo?

Embriólogo trabajando en un laboratorio de fecundación in vitro durante un procedimiento de reproducción asistida.
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Hay preguntas que en reproducción asistida parecen sencillas, pero en realidad contienen una enorme carga emocional.

“¿Cuántas FIV suelen hacer falta para lograr embarazo?” es una de ellas.

A veces aparece incluso antes de comenzar el tratamiento. Otras surge después de una beta negativa, durante una noche en la que el cansancio emocional pesa más que las estadísticas.

También aparece tras escuchar historias aparentemente milagrosas de personas que consiguieron embarazo en el primer intento, mientras otras atraviesan meses —o años— de estimulación ovárica, transferencias embrionarias y esperas que parecen interminables.

Y lo cierto es que la respuesta no cabe en una cifra concreta.

La fecundación in vitro no funciona como una prueba que se aprueba o se suspende en una única oportunidad. Tampoco es una especie de “todo o nada” biológico. Cada ciclo aporta información. Cada respuesta ovárica enseña algo. Cada embrión cuenta una parte de la historia reproductiva de esa persona o de esa pareja.

Por eso, en medicina reproductiva moderna, las probabilidades se interpretan cada vez más como un proceso acumulativo. El objetivo no consiste únicamente en analizar qué ocurrió en una transferencia concreta, sino en comprender cómo evolucionan las posibilidades reales a lo largo del tiempo.

Y esto es importante porque muchas personas abandonan emocionalmente la reproducción asistida después de un primer intento fallido pensando que “si no funcionó a la primera, probablemente ya no funcione”. Sin embargo, la evidencia científica muestra una realidad bastante diferente.

Los estudios más amplios sobre fecundación in vitro indican que las probabilidades acumuladas de lograr un recién nacido vivo aumentan de forma significativa durante los primeros ciclos de tratamiento. En otras palabras: una FIV negativa no significa necesariamente que el proceso haya fracasado de forma definitiva.

Pero tampoco sería honesto transmitir el mensaje contrario.

No todas las personas tienen las mismas probabilidades. La edad, la calidad embrionaria, la reserva ovárica, el factor masculino, el estado del endometrio o determinadas alteraciones hormonales pueden modificar enormemente los resultados.

Por eso, entender cuántos intentos suelen ser necesarios implica hablar no solo de porcentajes, sino también de biología reproductiva, medicina personalizada, expectativas y desgaste emocional.

La gran confusión: embarazo positivo no es lo mismo que bebé en casa

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Uno de los aspectos más difíciles de entender cuando se habla de reproducción asistida es que las estadísticas pueden resultar engañosas si no se explican bien.

Muchas clínicas hablan de “tasas de embarazo”, pero eso no siempre significa lo mismo.

No es igual obtener un test positivo, conseguir una gestación evolutiva, llegar al parto o tener finalmente un recién nacido vivo. Cada una de esas etapas representa una realidad biológica distinta y, emocionalmente, también una experiencia completamente diferente.

Por eso, las sociedades científicas internacionales consideran cada vez más importante utilizar una medida llamada tasa acumulada de recién nacido vivo.

Este concepto cambia bastante la forma de interpretar la fecundación in vitro.

Porque no analiza únicamente si una transferencia concreta terminó en embarazo, sino si la persona consiguió finalmente tener un bebé después de utilizar todos los embriones obtenidos en uno o varios ciclos.

Y aquí aparece una de las ideas más importantes del artículo.

Una única estimulación ovárica puede generar varios embriones. Algunos se transfieren en fresco y otros permanecen congelados para intentos posteriores. Eso significa que un “primer ciclo” no siempre equivale a una única oportunidad, sino que puede incluir varias transferencias reales distribuidas a lo largo del tiempo.

Esta es precisamente la razón por la que muchas personas no consiguen embarazo en la primera transferencia y sí posteriormente utilizando embriones vitrificados obtenidos durante el mismo tratamiento.

Infografía sobre fecundación in vitro que explica cómo aumentan las probabilidades de embarazo a lo largo de varios intentos y transferencias embrionarias.

¿La FIV suele funcionar al primer intento?

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Sí, puede ocurrir.

Hay personas que logran embarazo en la primera transferencia embrionaria y viven el tratamiento de forma relativamente rápida. Pero también es muy frecuente necesitar más de un intento.

La idea de que la fecundación in vitro funciona inmediatamente se ha reforzado mucho a través de redes sociales, testimonios parciales o relatos que muestran únicamente el desenlace positivo. Sin embargo, la práctica clínica diaria refleja una realidad mucho más heterogénea.

En algunas situaciones, el primer ciclo funciona casi como un mapa inicial del comportamiento reproductivo.

Permite entender cómo responde el ovario a la medicación, cuántos ovocitos pueden obtenerse, cómo evolucionan los embriones o si el endometrio parece sincronizarse adecuadamente con la transferencia. Y, sobre todo, ayuda a detectar señales que sugieren la necesidad de ajustar la estrategia.

Esto no significa que un primer intento fallido deba considerarse “normal” ni minimizarse emocionalmente. Para muchas personas, una beta negativa representa un duelo auténtico.

Pero sí ayuda a comprender algo importante: la reproducción asistida moderna es un proceso dinámico y profundamente personalizado. No todos los ciclos tienen exactamente el mismo valor pronóstico ni aportan la misma información clínica.

¿Cuántos ciclos de FIV suelen necesitarse realmente?

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No existe un número universal.
Algunas personas logran embarazo tras la primera transferencia embrionaria. Otras necesitan dos o tres ciclos completos. Y algunas requieren estrategias mucho más complejas antes de conseguirlo.

Lo que muestran los estudios es que las probabilidades acumuladas suelen aumentar especialmente durante los primeros intentos.

Grandes investigaciones publicadas en Human Reproduction y Fertility and Sterility han observado que las tasas acumuladas de recién nacido vivo continúan creciendo claramente hasta el tercer ciclo y, en determinados grupos, incluso hasta el quinto o sexto.

Pero interpretar correctamente estos datos exige contexto. No significa que “todo el mundo vaya a conseguirlo si insiste suficientes veces”. Tampoco implica que repetir tratamientos automáticamente mejore las probabilidades.

Lo que realmente ocurre es algo más complejo.

Con cada intento pueden ajustarse dosis hormonales, modificarse protocolos de estimulación, optimizar aspectos del laboratorio o profundizar en el estudio uterino y masculino.

En ocasiones, además, aparecen pistas clínicas que inicialmente habían pasado desapercibidas y que terminan modificando el enfoque completo del tratamiento.

En otras palabras: la probabilidad acumulada no depende únicamente de “seguir intentándolo”, sino de cómo evoluciona la estrategia médica y de lo que se aprende biológicamente en cada ciclo.

La edad sigue siendo el factor más importante

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Si existe un elemento capaz de modificar profundamente las probabilidades de éxito en fecundación in vitro, ese es la edad ovocitaria.

Con el paso de los años disminuye la cantidad de óvulos disponibles, pero también cambia algo todavía más importante: la calidad genética.

Y eso tiene enormes consecuencias biológicas.

A medida que aumenta la edad, crece la probabilidad de alteraciones cromosómicas embrionarias, disminuye la capacidad de implantación y aumenta el riesgo de aborto espontáneo. Además, suele resultar más difícil obtener embriones con verdadera capacidad evolutiva.

Por eso, dos mujeres pueden tener buena reserva ovárica y, aun así, probabilidades completamente distintas dependiendo de su edad.

Las estadísticas suelen mostrar mejores tasas acumuladas antes de los 35 años, un descenso progresivo a partir de los 38 y una caída más marcada después de los 40.

Sin embargo, incluso aquí conviene evitar simplificaciones.

La edad no funciona como un interruptor brusco que “apaga” la fertilidad de un día para otro. Existen mujeres de 41 años con mejor pronóstico que otras mucho más jóvenes debido a diferencias biológicas individuales.

Y precisamente por eso la medicina reproductiva moderna intenta alejarse cada vez más de mensajes rígidos y centrarse en la valoración personalizada.

Calidad embrionaria: mucho más que “embriones bonitos”

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Una de las situaciones más desconcertantes en reproducción asistida ocurre cuando aparentemente “todo iba bien” y, aun así, no se consigue embarazo.

Muchas veces esto se relaciona con la calidad embrionaria.

Pero aquí existe otra gran confusión.

Cuando un laboratorio describe un embrión como “bonito” o “de buena calidad”, normalmente está hablando de su aspecto morfológico: número de células, simetría, fragmentación o evolución hasta blastocisto.

Sin embargo, un embrión puede tener un aspecto excelente y presentar alteraciones cromosómicas que impidan la implantación o provoquen un aborto precoz.

De hecho, una gran parte de los embriones humanos —tanto en reproducción natural como mediante FIV— presentan anomalías cromosómicas, especialmente a medida que aumenta la edad materna.

Y esto ayuda a entender algo emocionalmente muy importante.

Una transferencia negativa no siempre significa que el cuerpo “rechazó” el embarazo o que se hizo algo mal. En muchos casos, simplemente el embrión no tenía capacidad biológica suficiente para evolucionar correctamente.

La reserva ovárica cambia la estrategia, no necesariamente las posibilidades absolutas

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La reserva ovárica describe la cantidad aproximada de ovocitos disponibles en los ovarios.

Cuando la reserva es baja, cada estimulación se vuelve biológicamente más exigente. No porque el embarazo sea imposible, sino porque existe menos margen.

Menos ovocitos suelen significar menos embriones y, por tanto, menos oportunidades acumuladas dentro de un mismo ciclo.

Sin embargo, una baja reserva ovárica no implica automáticamente mal pronóstico absoluto.

De hecho, algunas mujeres consiguen embarazo rápidamente porque, aunque obtengan pocos ovocitos, estos mantienen buena calidad genética. La dificultad aparece sobre todo porque disminuye la capacidad de selección embrionaria y el número de oportunidades disponibles en cada intento.

Por eso, en pacientes con baja reserva, muchas veces lo que cambia no es únicamente la probabilidad, sino toda la estrategia del tratamiento.

 

El factor masculino influye mucho más de lo que muchas personas imaginan

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Durante años, gran parte de la atención en reproducción asistida se centró casi exclusivamente en la mujer. Hoy sabemos que la fertilidad masculina tiene un impacto enorme tanto en la calidad embrionaria como en las probabilidades reales de embarazo.

Y no se trata únicamente del número de espermatozoides.

La movilidad, la morfología, la fragmentación del ADN espermático o determinadas alteraciones testiculares pueden influir en la fecundación, en el desarrollo embrionario, en la implantación e incluso en el riesgo de aborto.

A veces, tras varios intentos fallidos, se descubren problemas masculinos que inicialmente parecían leves o incluso habían pasado desapercibidos.

Por eso la reproducción asistida moderna insiste cada vez más en estudiar la infertilidad como un fenómeno de pareja y no como un problema exclusivamente femenino.

¿Las probabilidades empeoran tras varias FIV negativas?

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No necesariamente.

Y esta es probablemente una de las ideas más difíciles —y más importantes— de comprender.

Muchas personas viven cada intento fallido como una señal de que las posibilidades futuras disminuyen drásticamente. Pero la realidad suele ser mucho más matizada.

En algunos casos, varios ciclos negativos sí reflejan un pronóstico progresivamente peor, especialmente cuando coinciden factores como edad avanzada, ausencia repetida de embriones viables, mala respuesta ovárica severa o fallo repetido de implantación.

Pero en otras situaciones ocurre algo distinto.

Cada ciclo aporta información nueva que puede ayudar a modificar protocolos hormonales, ajustar el momento de la transferencia, mejorar el cultivo embrionario o detectar factores uterinos, endocrinos y masculinos que antes no se conocían.

Por eso, dos personas con “tres FIV negativas” pueden tener pronósticos completamente diferentes.

La clave no está únicamente en el número de intentos, sino en comprender qué está ocurriendo biológicamente en cada caso.

Lo que muestran realmente los datos españoles sobre la FIV

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Cuando una persona comienza un tratamiento de fecundación in vitro, es habitual buscar cifras concretas que permitan anticipar las probabilidades reales de éxito.

Pero interpretar correctamente esas estadísticas requiere entender qué se está midiendo exactamente.

Los datos oficiales más recientes del Registro Nacional de Actividad de la Sociedad Española de Fertilidad (SEF) muestran algo muy importante: la fecundación in vitro no suele funcionar como una única oportunidad aislada, sino como un proceso acumulativo que muchas veces se desarrolla a lo largo de varias transferencias embrionarias.

El informe SEF 2023 analizó más de 41.000 ciclos iniciados con ovocitos propios frescos en España.

Y los datos ayudan a entender mucho mejor cómo funciona realmente la reproducción asistida moderna.

Por ejemplo, no todos los ciclos llegan a transferencia embrionaria inmediata. En muchos casos, los embriones se congelan para utilizarlos posteriormente en condiciones más favorables, una estrategia conocida como “freeze-all”. Según el registro español, aproximadamente un 39 % de las punciones terminaron con congelación de todos los embriones para transferencia posterior.

Esto cambia completamente la forma de interpretar un “intento”.

Porque una única estimulación ovárica puede convertirse, en la práctica, en varias oportunidades reales de embarazo distribuidas a lo largo del tiempo mediante embriones vitrificados.

Los datos también muestran que las tasas de gestación cambian mucho dependiendo de cómo se analicen.

Cuando se estudian únicamente las transferencias realizadas, las tasas de embarazo clínico rondaron el 35 % por transferencia en ciclos con ovocitos propios. Sin embargo, eso no significa que exista un 35 % garantizado de conseguir finalmente un bebé en cada intento.

Porque entre el test positivo y el nacimiento todavía pueden producirse abortos espontáneos, embarazos que dejan de evolucionar o complicaciones tempranas. De hecho, el propio registro SEF mostró que alrededor de un 23 % de las gestaciones no llegaron finalmente al parto.

Por eso, cada vez más especialistas consideran mucho más útil hablar de probabilidades acumuladas de recién nacido vivo y no únicamente de “embarazo positivo”.

Ese enfoque refleja mucho mejor cómo funciona realmente la reproducción asistida: no como una única oportunidad que se gana o se pierde en una transferencia concreta, sino como un proceso acumulativo y profundamente individualizado.

¿Cuándo se considera que la FIV no está funcionando?

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Esta es una de las preguntas más delicadas en medicina reproductiva.

Y precisamente por eso merece respuestas honestas y cuidadosas.

No existe un número exacto de intentos a partir del cual pueda afirmarse universalmente que una fecundación in vitro “ya no funcionará”.

La decisión depende de muchísimos factores: edad, calidad embrionaria, respuesta ovárica, antecedentes reproductivos, salud general, desgaste emocional y expectativas personales.

En algunos casos, tras varios ciclos sin implantación, el equipo médico puede sospechar fenómenos como fallo repetido de implantación, alteraciones uterinas complejas, problemas genéticos, baja calidad ovocitaria severa o factores masculinos importantes.

Entonces suele ser necesario replantear completamente la estrategia.

Pero incluso en esas situaciones, la medicina reproductiva rara vez funciona con reglas absolutas.

El desgaste emocional de repetir tratamientos de FIV

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La parte emocional de la reproducción asistida muchas veces queda escondida detrás de las ecografías, las analíticas y los porcentajes.

Pero para quienes atraviesan varios intentos, el cansancio puede llegar a ser enorme.

Porque la fecundación in vitro no ocupa solo espacio en la agenda médica. También invade el tiempo mental.

Los días empiezan a organizarse alrededor de controles hormonales, llamadas del laboratorio, resultados embrionarios, medicación y fechas que parecen capaces de cambiarlo todo.

Después de una transferencia embrionaria, muchas personas describen la famosa “betaespera” como un estado emocional suspendido entre la esperanza y el miedo.

Y cuando llega una beta negativa, no siempre se pierde únicamente un resultado.

A veces se pierde también una idea del futuro.

Por eso, tras varios intentos pueden aparecer ansiedad intensa, agotamiento emocional, sensación de fracaso, culpa o dificultad para seguir ilusionándose. Algunas personas incluso desarrollan síntomas depresivos o una profunda sensación de aislamiento.

Además, existe algo especialmente duro: la sensación de que el tiempo sigue avanzando.

Mientras otras personas anuncian embarazos espontáneos o hablan de maternidad con aparente facilidad, quienes atraviesan reproducción asistida muchas veces sienten que viven en una realidad paralela marcada por ciclos, laboratorios y probabilidades.

Y todo esto merece ser reconocido.

Porque el impacto psicológico de la infertilidad y de los tratamientos repetidos es completamente real.

¿Existe un límite recomendado de intentos?

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No hay una cifra universal válida para todo el mundo.

Y probablemente esa sea una de las respuestas más honestas que puede ofrecer actualmente la medicina reproductiva.

Algunas personas deciden detenerse tras uno o dos intentos porque emocionalmente sienten que no pueden continuar. Otras siguen adelante porque todavía existen probabilidades médicas razonables y desean agotar sus opciones.

Ninguna de esas decisiones debería juzgarse.

La continuidad del tratamiento depende de una combinación enormemente compleja de factores: pronóstico médico, edad, calidad embrionaria, salud física, equilibrio emocional, situación económica y calidad de vida durante el proceso.

Por eso, cada vez más especialistas defienden un enfoque centrado no solo en las estadísticas, sino también en el bienestar integral de la persona o de la pareja.

¿Qué puede hacerse para optimizar las probabilidades en nuevos intentos?

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Después de una o varias FIV negativas, uno de los pasos más importantes suele ser revisar el caso de forma global.

No siempre se trata de “hacer más”, sino de comprender mejor qué puede optimizarse.

A veces las modificaciones incluyen cambios en el protocolo de estimulación, una evaluación más profunda del factor masculino, estudios genéticos embrionarios o una revisión endocrina y uterina más detallada. En otras ocasiones, el cambio importante está en ajustar el momento de la transferencia o replantear completamente la estrategia clínica.

Y, en determinados casos, también puede ser útil solicitar una segunda opinión especializada.

No porque necesariamente se haya hecho algo incorrecto, sino porque la reproducción asistida es una disciplina compleja y en constante evolución. Y porque, a veces, una mirada nueva permite replantear aspectos importantes del tratamiento.

La reproducción asistida rara vez cabe en una sola cifra

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Intentar resumir la fecundación in vitro en un número exacto de intentos probablemente simplifica demasiado una realidad muchísimo más compleja.

Porque la reproducción humana no funciona de manera lineal.

A veces un único embrión termina convirtiéndose en un embarazo evolutivo cuando parecía improbable. Otras veces, varios ciclos aparentemente prometedores no logran avanzar como se esperaba.

Por eso, más que buscar una cifra mágica, quizá la pregunta más útil sea otra:

¿cómo evolucionan realmente las probabilidades y qué puede hacerse para optimizarlas en cada caso?

La respuesta exige ciencia, experiencia clínica y también algo de humanidad.

Porque detrás de cada intento de FIV no hay solo estadísticas.

Hay personas intentando construir una familia mientras aprenden a convivir con la incertidumbre.

Autor

Francisco Carrera

Persona | Experto en Comunicación y Divulgación de la Ciencia (UAM) | Embriólogo Clínico certificado (ASEBIR) | Máster en Biología de la Reproducción Humana (IVIC) | Licenciado en Bioanálisis (UCV).

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