Blastocisto: qué es, cómo se forma y por qué es importante
Cuando el embrión deja de solo dividirse y empieza a organizarse
En los primeros días tras la fecundación, el embrión avanza casi en silencio. Primero es una sola célula, el cigoto. Después se divide en dos, cuatro, ocho células. A simple vista, podría parecer que su única tarea es multiplicarse. Pero la biología rara vez es tan simple.
Llega un momento en que el embrión no solo añade células: empieza a ordenarlas. Algunas quedan en la superficie, otras se agrupan en el interior, y entre ellas aparece una cavidad llena de líquido. Esa nueva arquitectura marca una etapa decisiva: el blastocisto.
El blastocisto no es simplemente “un embrión de día 5”. Es una fase del desarrollo embrionario temprano en la que el embrión empieza a mostrar una organización interna más compleja. Esta organización prepara dos pasos fundamentales: salir de la zona pelúcida, la cubierta que lo ha acompañado desde el ovocito, e iniciar el diálogo con el endometrio para poder avanzar hacia la implantación embrionaria.
Por eso, en reproducción humana —y también en fecundación in vitro— se habla tanto del blastocisto. No porque garantice un embarazo, sino porque representa una transición importante: el paso de un embrión que se divide a un embrión que empieza a especializarse.
El blastocisto es una etapa del embrión temprano que suele aparecer hacia el día 5 o 6 tras la fecundación. Se caracteriza por la presencia de una cavidad interna llamada blastocele, una masa celular interna que dará origen al embrión y una capa externa llamada trofoectodermo, implicada en la implantación y en la futura placenta. Llegar a blastocisto suele ser una señal favorable de desarrollo, pero no garantiza implantación, embarazo ni nacido vivo.
Qué es un blastocisto
Un blastocisto es una etapa del desarrollo embrionario temprano que suele aparecer hacia el día 5 o 6 después de la fecundación, aunque en algunos casos puede formarse más tarde, incluso hacia el día 7.
El International Glossary on Infertility and Fertility Care, 2025, publicado en Human Reproduction y Fertility and Sterility, define el blastocisto como una fase embrionaria caracterizada por tres elementos principales: una cavidad llena de líquido, una capa externa de células llamada trofoectodermo y un grupo interno de células llamado masa celular interna.
Estos nombres pueden sonar técnicos, pero la idea básica es sencilla. El blastocisto ya no es una pequeña esfera de células parecidas entre sí. Ha empezado a organizarse en regiones con funciones distintas.
La cavidad interna se llama blastocele. La masa celular interna dará lugar al embrión propiamente dicho. El trofoectodermo, que forma la capa externa, participará en la implantación y en el desarrollo de estructuras de soporte, como parte de la futura placenta.
Es una etapa breve, pero enormemente importante. En pocos días, el embrión pasa de ser una célula única a una estructura con orientación, espacio interno y células que empiezan a asumir papeles diferentes.
Cómo se llega hasta el blastocisto: del cigoto a la mórula
Para entender el blastocisto conviene retroceder unos días.
Todo comienza con la fecundación, cuando el espermatozoide y el ovocito completan su encuentro biológico y se forma el cigoto. Esta primera célula contiene la información genética procedente de ambos gametos y empieza pronto a dividirse.
Las primeras divisiones se llaman segmentación embrionaria. Durante esta fase, el embrión se divide en células más pequeñas llamadas blastómeras. Lo interesante es que, al principio, el embrión no aumenta mucho de tamaño global. Se reparte dentro de la misma envoltura: la zona pelúcida, esa cubierta que rodeaba al ovocito y que seguirá acompañando al embrión durante sus primeros días.
Después, las células empiezan a acercarse y compactarse. El embrión adquiere un aspecto más denso, como una pequeña mora; por eso esta fase recibe el nombre de mórula.
La mórula es una etapa de transición. Las células ya no están simplemente separadas unas de otras. Empiezan a comunicarse, a organizarse y a preparar el siguiente cambio: la formación del blastocisto.
Qué es la blastulación
La blastulación es el proceso por el que el embrión se transforma en blastocisto.
Durante esta etapa, empieza a acumularse líquido en el interior del embrión. Poco a poco se forma una cavidad: el blastocele. Al mismo tiempo, las células se distribuyen de manera diferente. Un grupo queda más interno, formando la masa celular interna, y otro grupo se sitúa en la periferia, formando el trofoectodermo.
Dicho de forma visual, el embrión deja de parecer una pequeña esfera compacta de células y empieza a convertirse en una estructura con un espacio interior. Ese espacio no es un detalle menor. La aparición del blastocele refleja que el embrión está cambiando de organización.
La blastulación es, por tanto, una reorganización silenciosa. El embrión no solo sigue dividiéndose; empieza a construir una arquitectura que le permitirá dar el siguiente paso.
Las partes del blastocisto: blastocele, masa celular interna y trofoectodermo
El blastocisto tiene tres partes principales que conviene conocer.
El blastocele es la cavidad llena de líquido que aparece en su interior. Su formación contribuye a la expansión del blastocisto y modifica su aspecto. Gracias a esa acumulación de líquido, el blastocisto aumenta de volumen y la zona pelúcida que lo rodea empieza a adelgazarse.
La masa celular interna es un grupo de células situado en un lado del blastocisto. De ella derivará el embrión propiamente dicho. Cuando se observa un blastocisto en el laboratorio, la masa celular interna es uno de los elementos que se valoran, porque su aspecto aporta información sobre el desarrollo embrionario.
El trofoectodermo es la capa externa de células del blastocisto. Participa en los primeros pasos de la implantación embrionaria y dará lugar a estructuras que ayudarán a formar la placenta. Por eso su organización también es importante.
Una forma sencilla de imaginarlo es pensar en una pequeña esfera viva y organizada: por fuera, una capa celular que se relacionará con el entorno; por dentro, un grupo de células que dará lugar al embrión; y entre ambas, una cavidad llena de líquido que marca el inicio de una nueva etapa.
Qué significa que un blastocisto se expanda
En los informes de reproducción asistida puede aparecer la expresión blastocisto expandido. No significa que el embrión esté “creciendo” como lo haría un órgano más adelante, sino que el blastocele ha acumulado líquido y el blastocisto ha aumentado su volumen dentro de la zona pelúcida.
A medida que se expande, la zona pelúcida se va adelgazando. Esto prepara el proceso siguiente: la eclosión embrionaria, también llamada hatching, en la que el blastocisto sale de esa cubierta.
El International Glossary on Infertility and Fertility Care, 2025, publicado en Human Reproduction y Fertility and Sterility, define la expansión del blastocisto como el aumento de volumen producido por la acumulación de líquido en el blastocele, acompañado del adelgazamiento de la zona pelúcida.
Desde fuera, puede parecer un pequeño cambio de tamaño. Desde dentro, es una preparación biológica importante. El blastocisto necesita expandirse, presionar su cubierta y finalmente salir de ella para poder contactar con el endometrio.
La eclosión: cuando el blastocisto sale de la zona pelúcida
Durante los primeros días, la zona pelúcida protege y contiene al embrión. Pero esa protección no puede durar siempre. Para que el blastocisto pueda iniciar la implantación, necesita salir de ella.
Ese proceso se llama eclosión embrionaria. Consiste en la salida progresiva del blastocisto de la zona pelúcida. La imagen puede recordar a un embrión que “rompe” su envoltura, aunque en realidad se trata de un proceso más delicado y gradual.
La zona pelúcida ha sido necesaria en las fases anteriores. Ha acompañado al ovocito, ha participado en la fecundación, ha intervenido en la interacción con el espermatozoide —incluida la reacción acrosómica— y ha contenido al embrión durante sus primeras divisiones. Pero, cuando el blastocisto está preparado para implantarse, esa cubierta debe dejar paso al contacto directo con el endometrio.
La eclosión es, por tanto, una transición. El embrión deja de estar encerrado en su envoltura inicial y empieza a relacionarse de forma más directa con el tejido materno.
Blastocisto e implantación: por qué esta etapa es tan importante
La implantación embrionaria no ocurre con cualquier embrión en cualquier momento. Para que pueda iniciarse, el embrión debe encontrarse en fase de blastocisto, haber salido de la zona pelúcida y coincidir con un endometrio receptivo.
El International Glossary on Infertility and Fertility Care, 2025, publicado en Human Reproduction y Fertility and Sterility, define la implantación como la unión y penetración de un blastocisto libre de zona pelúcida en el endometrio. Esta definición es muy útil porque subraya dos ideas: el embrión debe estar en fase de blastocisto y debe haber eclosionado.
No basta con que el embrión exista. Debe estar en el momento adecuado de su desarrollo. Y no basta con que el endometrio esté presente. Debe encontrarse en una fase de receptividad.
Por eso, la implantación se entiende mejor como un encuentro coordinado. El blastocisto aporta una estructura preparada para interactuar; el endometrio ofrece un entorno capaz de recibirlo. Cuando esa sincronía falla, la implantación puede no producirse aunque el embrión haya llegado a una etapa aparentemente adecuada.
Blastocisto en reproducción asistida: por qué se habla tanto del día 5 y el día 6
En fecundación in vitro, el término blastocisto aparece con mucha frecuencia porque los embriones pueden observarse en el laboratorio durante varios días. Cuando un embrión llega a blastocisto, significa que ha superado algunas etapas previas: fecundación, primeras divisiones, compactación, mórula y blastulación.
Esto tiene valor. Permite seleccionar embriones que han demostrado cierta capacidad de desarrollo in vitro. Pero conviene evitar una interpretación excesivamente simple: llegar a blastocisto no garantiza implantación, embarazo ni nacimiento.
Muchas personas escuchan “día 5” o “día 6” y lo interpretan como una clasificación tajante. En realidad, el día de desarrollo es una pieza más del puzle.
Un blastocisto día 5 suele haber alcanzado esa etapa antes. Un blastocisto día 6 ha necesitado algo más de tiempo. Y algunos blastocistos pueden aparecer en día 7. La velocidad de desarrollo aporta información, pero debe interpretarse junto con otros elementos: la expansión, el aspecto de la masa celular interna, el trofoectodermo, el contexto clínico y, cuando se realiza, la información genética del embrión.
Un estudio titulado Worth the wait? Day 7 blastocysts have lower euploidy rates but similar sustained implantation rates as Day 5 and Day 6 blastocysts, publicado en Human Reproduction en 2019, observó que los blastocistos de día 7 tenían tasas más bajas de euploidía, es decir, menor proporción de embriones con número cromosómico normal. Sin embargo, cuando se analizaban transferencias de un único blastocisto euploide, las tasas de implantación sostenida fueron similares entre blastocistos de día 5 y día 6: 68,9 % y 66,8 %, respectivamente.
Para entender bien este dato, conviene explicar dos términos. Euploide significa que el embrión tiene el número esperado de cromosomas. En humanos, lo habitual son 46 cromosomas. Implantación sostenida se refiere a una implantación que continúa más allá de las primeras fases, no solo a una señal inicial positiva.
La idea divulgativa es importante: un blastocisto de día 6 no debe vivirse automáticamente como una mala noticia. Puede tener un ritmo algo más lento, pero su significado depende del conjunto.
Cómo se valora un blastocisto en el laboratorio
Cuando en reproducción asistida se habla de un blastocisto “4AA”, “5AB” o “3BB”, se está utilizando una forma abreviada de describir su aspecto.
La actualización del consenso ESHRE/ALPHA Istanbul Consensus, publicada en Human Reproduction en 2025, recomienda emplear la escala de Gardner para valorar blastocistos. Esta escala observa tres elementos: el grado de expansión, la masa celular interna y el trofoectodermo.
El número inicial suele indicar el grado de expansión del blastocisto. De forma sencilla, un número más alto refleja un blastocisto más expandido o más avanzado en su salida de la zona pelúcida. Las letras describen el aspecto de la masa celular interna y del trofoectodermo. Una letra A suele indicar un aspecto más favorable; una C, un aspecto menos favorable.
Pero esta clasificación debe entenderse bien. No es una sentencia. No dice “este embrión implantará” o “este embrión no servirá”. Ayuda al laboratorio a ordenar embriones disponibles y a priorizar cuáles pueden tener mayor potencial, pero no predice con certeza el resultado.
El propio consenso recuerda que la evaluación morfológica sigue siendo esencial, aunque tiene limitaciones: puede variar entre observadores, entre laboratorios y según el momento en que se observa el embrión. Por eso, la morfología orienta, pero no lo explica todo.
La morfología importa, pero no lo cuenta todo
El aspecto del blastocisto aporta información. Un blastocisto bien expandido, con una masa celular interna compacta y un trofoectodermo organizado, suele considerarse más favorable que otro con menor desarrollo o peor organización visible.
Sin embargo, el embrión no puede leerse solo por su apariencia. La morfología no permite ver directamente todos los aspectos genéticos, metabólicos o funcionales. Tampoco informa por sí sola sobre la receptividad endometrial ni sobre otros factores clínicos.
Un estudio sobre morfología del trofoectodermo y resultados de transferencia de un solo blastocisto, publicado en Journal of Assisted Reproduction and Genetics en 2013, observó que la calidad del trofoectodermo, la edad de la paciente y el grado de expansión del blastocisto se asociaban con mayores tasas de embarazo clínico y nacido vivo.
Este tipo de estudios ayuda a entender por qué el laboratorio mira tanto el trofoectodermo y la expansión. Pero también obliga a ser prudentes. Una asociación significa que dos cosas tienden a relacionarse, no que una determine siempre la otra. Que una característica se asocie a mejores resultados no significa que todos los blastocistos con esa característica vayan a implantar, ni que otros blastocistos no puedan hacerlo.
Transferir en blastocisto no significa siempre aumentar la probabilidad acumulada
En reproducción asistida se ha debatido mucho si es mejor transferir embriones en fase temprana, habitualmente en día 2 o día 3, o esperar hasta blastocisto, en día 5 o 6.
Esperar hasta blastocisto puede ayudar a seleccionar embriones que han superado más etapas de desarrollo. Pero esa espera también tiene una consecuencia: algunos embriones que existen en día 3 pueden detenerse antes de llegar a día 5 o 6. Por eso, el cultivo hasta blastocisto no debe explicarse como “siempre mejor”, sino como una estrategia que puede ser útil según el contexto.
Una revisión Cochrane sobre transferencia en fase de división frente a transferencia en fase de blastocisto, publicada en Cochrane Database of Systematic Reviews en 2022, incluyó 32 ensayos aleatorizados con 5.821 mujeres o parejas. Un ensayo aleatorizado es un estudio en el que las participantes se asignan al azar a un grupo u otro, lo que ayuda a reducir sesgos.
La revisión encontró que la tasa de nacido vivo tras transferencia fresca fue mayor en el grupo de blastocisto, con un OR de 1,27 y un intervalo de confianza del 95 % entre 1,06 y 1,51.
Traducido a lenguaje claro: el OR, u odds ratio, compara la probabilidad relativa de que ocurra un resultado entre dos grupos. Si está por encima de 1, el resultado parece más frecuente en el grupo estudiado. El intervalo de confianza muestra el rango dentro del cual probablemente se encuentra el efecto real. En este caso, el resultado sugiere una ventaja del blastocisto en transferencia fresca, pero la revisión calificó la calidad de la evidencia como baja.
La misma revisión observó otro dato importante: la probabilidad de tener embriones sobrantes para congelar fue menor en el grupo de blastocisto. Esto tiene sentido biológico. Al esperar más días, algunos embriones se detienen y no llegan a la fase de blastocisto.
Por eso, la pregunta no es solo “¿qué embrión parece mejor para transferir ahora?”, sino también “¿qué estrategia ofrece mejores posibilidades teniendo en cuenta todos los embriones de este ciclo?”.
El resultado acumulado: mirar todo el recorrido, no solo el primer intento
En reproducción asistida, una de las ideas más importantes es la tasa acumulada de nacido vivo. Esta expresión se refiere a la probabilidad de lograr al menos un nacimiento usando todos los embriones obtenidos de una misma estimulación, incluyendo transferencias frescas y congeladas.
Es una mirada más amplia que la tasa del primer transfer. Y muchas veces es más justa, porque el tratamiento no siempre se resume en un único intento.
Un ensayo multicéntrico que comparó una estrategia de transferencia en blastocisto con una estrategia de transferencia en fase de división temprana, publicado en BMJ en 2024, encontró que el resultado acumulado de nacido vivo fue muy parecido: 58,9 % en el grupo de blastocisto frente a 58,4 % en el grupo de embriones en división. El risk ratio fue 1,01, con un intervalo de confianza del 95 % de 0,84 a 1,22.
El risk ratio, o riesgo relativo, compara la probabilidad de un resultado entre dos grupos. Un valor de 1 indica que el resultado fue prácticamente igual. En este caso, 1,01 sugiere una diferencia mínima.
Sin embargo, el estudio también observó que el grupo de blastocisto podía necesitar menos transferencias para lograr un nacido vivo. Esto matiza mucho la interpretación. El cultivo hasta blastocisto puede hacer el camino más eficiente en algunos contextos, aunque no siempre aumente el resultado acumulado final.
Dicho de forma sencilla: el blastocisto puede ayudar a seleccionar, pero no convierte el tratamiento en una garantía.
Cuántos blastocistos transferir: más no siempre es mejor
Cuando se obtiene más de un blastocisto, puede surgir una pregunta comprensible: si se transfieren dos, ¿aumentan las posibilidades?
La respuesta exige mucho cuidado. Transferir más de un embrión puede aumentar algunas tasas de embarazo o nacimiento en determinados estudios, pero también aumenta el riesgo de embarazo múltiple. Y un embarazo múltiple no es solo “dos bebés a la vez”; implica más riesgos para la madre y para los recién nacidos.
La guía de ESHRE sobre el número de embriones a transferir durante FIV/ICSI, publicada como guía europea en 2023, insiste en que el objetivo de las técnicas de reproducción asistida no es solo conseguir embarazo, sino favorecer un nacimiento sano con el menor riesgo posible.
La misma guía recoge datos que ayudan a visualizarlo. En un ensayo con pacientes que tenían al menos dos blastocistos de buena calidad en día 5, la tasa de nacido vivo fue mayor al transferir dos blastocistos que al transferir uno, 70 % frente a 49 %. Pero el embarazo múltiple también fue mucho más frecuente: 35 % frente a 0 %.
Este ejemplo muestra por qué una cifra aparentemente mejor puede esconder un coste clínico importante. En medicina reproductiva, más no siempre significa mejor. Mejor suele significar más seguro, más individualizado y más coherente con el objetivo final: un bebé sano y una madre sana.
Qué ha enseñado la ciencia sobre la evaluación embrionaria
La ciencia ha aprendido a mirar el blastocisto con mucho más detalle que hace unas décadas. Hoy se observa su grado de expansión, su masa celular interna, su trofoectodermo y su ritmo de desarrollo. En algunos laboratorios, además, se utilizan sistemas time-lapse, que permiten seguir el desarrollo embrionario mediante imágenes tomadas a intervalos regulares sin sacar el embrión repetidamente del incubador.
El time-lapse ha aportado una mirada más dinámica. No solo permite ver cómo está el embrión en un momento concreto, sino cómo ha llegado hasta ahí: cuándo se dividió, cuándo se compactó, cuándo empezó a formar el blastocele y cómo evolucionó.
La actualización del consenso ESHRE/ALPHA Istanbul Consensus, publicada en Human Reproduction en 2025, recuerda que muchos criterios de evaluación todavía tienen limitaciones. La morfología y la morfocinética ayudan a ordenar y seleccionar embriones, pero no deben presentarse como predicciones absolutas.
Esta es quizá una de las lecciones más importantes para el lector: cuanto más sabe la ciencia, más precisa se vuelve, pero también más consciente de sus límites.
El blastocisto puede observarse, clasificarse y comparar su desarrollo con patrones conocidos. Pero ningún informe embrionario cuenta toda la historia. El resultado depende del embrión, del endometrio, del laboratorio, de la edad, del contexto clínico y de factores que todavía no siempre podemos medir con exactitud.
Blastocisto, genética e implantación: una relación compleja
En algunos tratamientos de reproducción asistida se realiza un estudio genético preimplantacional, conocido como PGT-A, para analizar si el embrión tiene un número cromosómico normal. Este estudio suele realizarse en blastocistos, tomando algunas células del trofoectodermo.
Aquí conviene ser especialmente prudentes. Un blastocisto con buen aspecto puede ser cromosómicamente anómalo, y un blastocisto con una morfología menos llamativa puede ser euploide. La apariencia y la genética están relacionadas en algunos aspectos, pero no son equivalentes.
Además, cuando se toma una biopsia del trofoectodermo, se analiza una pequeña muestra de células externas, no todo el embrión. Esto es importante para entender conceptos como el mosaicismo embrionario, en el que pueden coexistir células con distinta información cromosómica.
Por eso, en Fertinotas no conviene presentar la genética como una respuesta absoluta, sino como una herramienta más dentro de una interpretación clínica compleja. Puede aportar información valiosa, pero debe explicarse dentro de sus límites y siempre en diálogo con el equipo médico.
Un blastocisto no es una garantía, pero sí una etapa imprescindible
Llegar a blastocisto suele ser una buena señal del desarrollo embrionario. Significa que el embrión ha superado varios pasos: se fecundó, se dividió, se compactó, formó una cavidad interna y empezó a diferenciar células externas e internas.
Pero, lamentablemente, esta buena señal no significa garantía de lograr el embarazo.
Un blastocisto puede no implantar. Puede detenerse después. Puede tener alteraciones cromosómicas. O puede encontrarse con un endometrio que no está en el momento adecuado. También puede ocurrir lo contrario: un blastocisto que no parecía perfecto puede dar lugar a un embarazo evolutivo.
Esta mezcla de precisión y incertidumbre forma parte de la reproducción humana. El laboratorio aporta información valiosa, pero no puede eliminar por completo la complejidad biológica.
Por eso, quizá la forma más honesta de entender el blastocisto sea esta: es una etapa importante, visible y medible del desarrollo embrionario temprano, pero su significado siempre debe interpretarse dentro del conjunto.
Diferencia entre embrión en día 3 y blastocisto
Un embrión en día 3 suele encontrarse en fase de división o segmentación. Está formado por varias células, pero todavía no ha desarrollado la organización característica del blastocisto.
El blastocisto, en cambio, suele aparecer hacia día 5 o 6. Tiene una cavidad interna, una masa celular interna y un trofoectodermo. Es una etapa más avanzada y más cercana al momento de la implantación.
En reproducción asistida, transferir en día 3 o esperar hasta blastocisto depende de muchos factores: número de embriones disponibles, evolución en el laboratorio, edad, historia clínica, experiencia del centro y estrategia acordada con el equipo médico.
No hay una respuesta universal para todos los casos. Lo importante es comprender qué aporta cada estrategia y qué límites tiene.
Preguntas frecuentes sobre el blastocisto
¿Qué es un blastocisto?
Un blastocisto es una fase del desarrollo embrionario temprano que suele aparecer hacia el día 5 o 6 tras la fecundación. Tiene una cavidad interna llamada blastocele, una masa celular interna y una capa externa de células llamada trofoectodermo.
¿En qué día se forma el blastocisto?
Suele formarse en día 5 o día 6 después de la fecundación, aunque algunos embriones pueden llegar a blastocisto en día 7. El día de formación aporta información, pero debe interpretarse junto con otros datos.
¿Qué partes tiene un blastocisto?
Tiene tres partes principales: el blastocele, que es una cavidad llena de líquido; la masa celular interna, que dará lugar al embrión propiamente dicho; y el trofoectodermo, que participará en la implantación y en estructuras de soporte como la futura placenta.
¿Qué es un blastocisto expandido?
Un blastocisto expandido es aquel que ha aumentado su volumen por acumulación de líquido en el blastocele. En esta fase, la zona pelúcida suele adelgazarse y el embrión se prepara para la eclosión embrionaria.
¿Qué significa blastocisto 4AA?
Un blastocisto 4AA es una forma de describir su aspecto según la escala de Gardner. El número se refiere al grado de expansión y las letras valoran la masa celular interna y el trofoectodermo. Es una clasificación útil, pero no garantiza implantación.
¿Un blastocisto siempre implanta?
No. Llegar a blastocisto suele ser una señal favorable de desarrollo embrionario, pero no garantiza implantación, embarazo ni nacido vivo. La implantación depende también del endometrio, la genética embrionaria y otros factores clínicos.
¿Es mejor un blastocisto de día 5 que uno de día 6?
No necesariamente. En general, el día de desarrollo aporta información, pero no debe interpretarse de forma aislada. Algunos blastocistos de día 6 pueden tener buen potencial, especialmente si otros factores son favorables.
¿Qué diferencia hay entre embrión día 3 y blastocisto?
El embrión de día 3 suele estar en fase de división temprana. El blastocisto, que aparece normalmente en día 5 o 6, ya tiene una cavidad interna, masa celular interna y trofoectodermo, y está más cerca del momento de la implantación.
¿Qué es la eclosión del blastocisto?
La eclosión embrionaria es el proceso por el que el blastocisto sale de la zona pelúcida. Es un paso necesario para que pueda contactar con el endometrio e iniciar la implantación.
¿Transferir un blastocisto aumenta siempre las posibilidades?
No siempre. La transferencia en blastocisto puede ayudar a seleccionar embriones que han superado más etapas de desarrollo, pero no garantiza un mejor resultado acumulado en todos los casos. La estrategia debe individualizarse.
Autor
Francisco A. Carrera S.
Persona | Experto en Comunicación y Divulgación de la Ciencia (UAM) | Embriólogo Clínico certificado (ASEBIR) | Máster en Biología de la Reproducción Humana (IVIC) | Licenciado en Bioanálisis (UCV).

