Maduración in vitro de ovocitos: cómo la ciencia aprende a completar la ovogénesis fuera del cuerpo

Ovocito inmaduro en medio de cultivo que muestra su evolución durante la maduración in vitro, desde la fase de vesícula germinal hasta la metafase II.
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Imagina una célula diminuta que espera, paciente, dentro del ovario.
Un ovocito inmaduro que guarda en silencio el potencial de crear vida, aunque aún no está preparado. Durante siglos, la naturaleza mantuvo en secreto el misterio de su maduración.

Hoy, ese proceso puede reproducirse en el laboratorio con una precisión cada vez mayor.

La maduración in vitro de ovocitos (IVM) es una de las líneas más fascinantes de la biología reproductiva, una forma de acompañar a los óvulos en su propio proceso de desarrollo fuera del cuerpo, imitando con delicadeza las señales naturales que guían su madurez.

Y, en el fondo, también es una historia de aprendizaje, una muestra de cómo la ciencia observa, interpreta y replica con respeto lo que la naturaleza ha perfeccionado durante millones de años.

Qué es la maduración in vitro de ovocitos

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La IVM permite que los óvulos inmaduros completen su madurez fuera del cuerpo, en condiciones cuidadosamente controladas.

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En un ciclo natural o en una fecundación in vitro (FIV) convencional, los óvulos se extraen cuando ya son maduros, en la fase MII.

En la IVM, en cambio, los ovocitos se obtienen antes, durante las fases GV o MI, y se les ofrece el tiempo y las señales necesarias para alcanzar la madurez en un medio de cultivo especializado.

En términos sencillos, la IVM recrea en el laboratorio el microcosmos del ovario, ese entorno hormonal y celular donde el ovocito recibe las instrucciones para crecer y dividirse.

IVM planificada y de rescate: dos formas de un mismo propósito

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La maduración in vitro no siempre se aplica en las mismas circunstancias.
Existen dos escenarios principales en los que puede utilizarse, según el momento y las necesidades de cada paciente.

1. IVM planificada (o electiva).

Se emplea de forma programada, sobre todo en mujeres con síndrome de ovario poliquístico (SOP) o con riesgo elevado de hiperestimulación ovárica.

En estos casos, la IVM se integra desde el inicio en el tratamiento de reproducción asistida, evitando o reduciendo la estimulación hormonal.

La punción ovárica se realiza cuando los folículos son aún pequeños (entre 8 y 12 milímetros), y los ovocitos se cultivan en el laboratorio hasta alcanzar la madurez.

Este enfoque busca minimizar riesgos y ofrecer un procedimiento más suave, fisiológico y personalizado.

2. IVM de rescate (o de emergencia).

Se aplica cuando se han recuperado ovocitos inmaduros de manera imprevista durante una fecundación in vitro convencional o en pacientes que no pueden retrasar su tratamiento.

Es el caso de mujeres con enfermedades oncológicas que deben iniciar quimioterapia con urgencia, o de pacientes con baja reserva ovárica que responden de forma irregular a la estimulación.

En estas situaciones, los ovocitos se cultivan para completar su maduración in vitro, ofreciendo una oportunidad adicional de obtener embriones viables o conservar gametos.

Ambas modalidades comparten un mismo propósito: preservar el potencial reproductivo sin comprometer la seguridad ni el bienestar de la paciente, adaptando la ciencia a cada historia y a cada tiempo biológico.

En ocasiones, durante una fecundación in vitro convencional, al recuperar los ovocitos se observa que muchos aún están inmaduros.

En lugar de descartarlos, la IVM de rescate permite mantenerlos en cultivo y completar su maduración, ofreciendo una oportunidad adicional de fecundación y aumentando el potencial del ciclo.

Por qué es importante esta técnica

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La maduración in vitro tiene un valor clínico y humano enorme.
En mujeres con síndrome de ovario poliquístico (SOP), la estimulación hormonal puede provocar una respuesta exagerada y aumentar el riesgo de síndrome de hiperestimulación ovárica. La IVM permite evitar ese riesgo, recuperando óvulos inmaduros sin recurrir a una estimulación intensa.

También resulta útil en pacientes oncológicas que necesitan preservar su fertilidad antes de tratamientos agresivos o en mujeres jóvenes que desean conservar óvulos sin medicación hormonal.
Aunque las tasas de éxito aún son algo menores que las de la FIV convencional, los avances de los últimos años están acortando esa diferencia.

Una revisión publicada en Reproductive Biology and Endocrinology (2024) analizó dos décadas de experiencia clínica y observó que las tasas de maduración y embarazo han mejorado notablemente en los últimos cinco años, gracias a medios de cultivo más precisos y a una comprensión más profunda del entorno ovárico.

En otras palabras, la ciencia está aprendiendo a enseñar al óvulo a madurar mejor, incluso fuera del cuerpo.

 

 

Infografía que explica paso a paso cómo se realiza la maduración in vitro de ovocitos: obtención, cultivo, control del entorno, evaluación de la madurez y fecundación.

Cómo se realiza la maduración in vitro

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El proceso combina precisión técnica y conocimiento de la biología reproductiva.

Primero, se recuperan los ovocitos inmaduros mediante una punción ovárica realizada antes de la ovulación, sin necesidad de una estimulación hormonal intensa. Después, se cultivan en el laboratorio en medios especiales de composición variable según diferentes protocolos, que pudieran contener FSH, LH y factores de crecimiento, sustancias que imitan las señales naturales del folículo.

Durante el cultivo, se controlan cuidadosamente la temperatura, el pH y la oxigenación, para mantener condiciones lo más similares posible a las del ovario.

Tras unas 24–48 horas, los embriólogos especialistas evalúan si los ovocitos han completado su maduración, observando la aparición del primer corpúsculo polar.

En los tratamientos convencionales de fertilidad, los óvulos se extraen cuando los folículos —las pequeñas estructuras que los contienen— alcanzan entre 18 y 20 milímetros en la ecografía, una medida que indica que el ovocito está maduro y listo para ser fecundado.

En la maduración in vitro, sin embargo, la punción se realiza antes, cuando los folículos son más pequeños, de unos 8 a 12 milímetros. En ese momento, los ovocitos que contienen aún no han completado su madurez.

Una vez recuperados, se trasladan al laboratorio y se les ofrece un entorno adecuado para que terminen ese proceso de forma controlada.

En cierto modo, la IVM “da tiempo” a esos óvulos, permitiendo que completen su maduración fuera del cuerpo en lugar de forzarla con fármacos.

Por eso se considera una técnica más suave, especialmente útil en mujeres con riesgo de hiperestimulación o en programas de preservación ovárica.

Avances recientes: el arte de modular el microambiente

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Uno de los grandes retos de la IVM es reproducir el microambiente ovárico, ese ecosistema donde el ovocito se comunica con las células que lo rodean.

Hace poco, un equipo europeo liderado por Eleni Kokkali publicó en Human Reproduction (2024) un estudio en el que añadieron al medio de cultivo vesículas extracelulares del fluido folicular, pequeñas cápsulas que transportan mensajes moleculares entre las células del ovario.

El objetivo era comprobar si esas “nanocápsulas” podían restablecer la comunicación perdida al separar el ovocito de su entorno natural.

El resultado fue notable: las tasas de maduración aumentaron del 54 % al 73 %, con una mejor homogeneidad citoplasmática y un desarrollo embrionario más consistente.

Por su parte, el grupo del profesor Thomas Broekmans, en la Universidad de Utrecht, desarrolló el modelo CAPA-IVM (Controlled Artificial Prematuration), una especie de entrenamiento en dos fases.

En su estudio comparativo con mujeres con SOP, demostraron que el protocolo bifásico mejoraba la sincronización entre núcleo y citoplasma, obteniendo ovocitos más competentes y embriones de mayor calidad.

Lo interesante es que este avance no depende de más hormonas, sino de tiempo y sincronía, dos ingredientes que la ciencia ha aprendido a respetar en la biología del óvulo.

Otros equipos han explorado una fuente diferente: tejido de corteza ovárica. En lugar de extraer ovocitos directamente del ovario, cultivan pequeños fragmentos de corteza —donde se encuentran los folículos primordiales— y logran que los ovocitos que contienen completen su maduración in vitro.

Un estudio publicado en Journal of Assisted Reproduction and Genetics (2024) observó que esos ovocitos alcanzaban niveles de madurez comparables a los obtenidos tras la estimulación folicular, lo que abre nuevas vías para la preservación de la fertilidad sin necesidad de reimplantar tejido completo.

Según otro trabajo publicado en Biomedicines (2024), que comparó la llamada rescue IVM en mujeres con reserva ovárica disminuida frente a otras con reserva normal, las pacientes con menor reserva lograron mejores tasas de maduración y fecundación.

Tal vez porque sus ovocitos estaban en una fase más receptiva al ambiente de cultivo. La biología humana, incluso bajo el microscopio, sigue sorprendiendo.

Lo que la IVM nos enseña sobre la ovogénesis humana

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Cada óvulo que hoy madura en un laboratorio comenzó su historia mucho antes de que la mujer naciera. Durante la vida fetal, los ovocitos primordiales se forman dentro del cuerpo de la madre.

Eso significa que, cuando una mujer está embarazada de una niña, dentro de su cuerpo conviven tres generaciones: ella, su hija y los futuros óvulos que esa niña podrá liberar algún día.

Esa continuidad biológica recuerda que la reproducción humana no empieza en la edad adulta, sino en una cadena de vida transmitida de célula a célula.

La maduración in vitro no solo reproduce ese proceso natural, sino que nos permite observar de cerca la inteligencia temporal de la biología femenina, la forma en que cada ovocito conserva la memoria de su origen y el potencial de su futuro.

Una revisión publicada en International Journal of Molecular Sciences (2023) mostró cómo los modelos de IVM han permitido identificar redes de señalización génica, el papel de las mitocondrias y la comunicación bidireccional entre el ovocito y las células foliculares.

Estos hallazgos confirman que la maduración depende no solo de las hormonas, sino también de señales epigenéticas y del equilibrio energético celular.

La realidad española: una técnica en fase inicial, pero ya presente

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En España, la maduración in vitro de ovocitos (IVM) está reconocida oficialmente como una técnica de reproducción asistida dentro del registro nacional de la Sociedad Española de Fertilidad (SEF) y la Comisión Nacional de Reproducción Humana Asistida (CNRHA).

Según el Informe Estadístico SEF–CNRHA 2021, se registraron cinco ciclos de IVM en todo el territorio nacional.
De ellos, se realizaron cinco punciones ováricas, tres transferencias embrionarias y se obtuvo una gestación, que culminó en el nacimiento de un recién nacido vivo.

El informe también detalla que, por cada punción, se obtuvieron una media de 13,4 ovocitos, de los cuales el 45,9 % fueron inseminados o inyectados y se alcanzó una tasa de fecundación del 76,5 %.
Casi la mitad de los cigotos generados —un 46,2 %— se congelaron para su uso posterior.

Estos datos reflejan una realidad incipiente: la IVM todavía se aplica en muy pocos centros y en contextos clínicos muy concretos, como mujeres con síndrome de ovario poliquístico (SOP) o programas de preservación de la fertilidad.

Sin embargo, el hecho de que ya figure en los registros nacionales confirma que la técnica ha superado la fase puramente experimental y forma parte de la práctica clínica en España, bajo los mismos criterios de control y calidad que el resto de procedimientos de reproducción asistida.

IA y el futuro de la maduración in vitro

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El laboratorio de reproducción asistida está evolucionando, y la inteligencia artificial (IA) comienza a desempeñar un papel clave también en la IVM.

En los últimos años, varios grupos han desarrollado modelos capaces de analizar imágenes en tiempo real de los ovocitos durante su cultivo, identificando patrones que predicen su grado de madurez y su potencial de desarrollo.

Un estudio coreano publicado en Frontiers in Reproductive Health (2024) entrenó una red neuronal con más de 12 000 imágenes de ovocitos y logró clasificar correctamente el estadio de madurez en el 95 % de los casos, superando la consistencia de la observación humana.

Además, clínicas europeas están experimentando con algoritmos que integran parámetros morfocinéticos y metabolómicos para calcular un índice de competencia ovocitaria sin necesidad de manipular la célula.

Estas herramientas no sustituyen el criterio del embriólogo, pero aportan una mirada complementaria, objetiva y reproducible que puede ayudar a decidir cuándo un ovocito está realmente listo para ser fecundado o vitrificado.

Un laboratorio de esperanza

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Cada ovocito que madura en un laboratorio refleja una historia de paciencia y confianza en la biología. La maduración in vitro no busca reemplazar a la naturaleza, sino acompañarla, comprender su ritmo y traducirlo en esperanza para quienes sueñan con ser madres y tienen dificultades para conseguirlo.

Quizá dentro de unos años esta técnica sea parte habitual de los tratamientos de fertilidad. Pero incluso hoy, con cada pequeño avance, ya ha transformado algo esencial: nuestra forma de mirar la vida microscópica.

Porque cuando entendemos cómo una célula madura, también descubrimos la importancia del tiempo, la adaptación y la capacidad de la ciencia para acompañar con respeto los procesos más íntimos de la naturaleza.

Autor

Francisco A. Carrera S.

Persona | Experto en Comunicación y Divulgación de la Ciencia (UAM) | Embriólogo Clínico certificado (ASEBIR) | Máster en Biología de la Reproducción Humana (IVIC) | Licenciado en Bioanálisis (UCV).

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