Qué ocurre con el embrión tras descongelarse y qué significa

Ilustración de muestra seminal y material de laboratorio relacionada con reproducción asistida y estudio de embriones tras vitrificación

Cuando el embrión tiene que volver a empezar

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En reproducción asistida, hay procesos que a menudo se explican de forma sencilla, pero que en realidad implican una gran complejidad biológica. La vitrificación de embriones es uno de ellos.

Puede parecer que el embrión queda “en pausa” y, al descongelarse, retoma su desarrollo. Sin embargo, lo que ocurre es más exigente: el blastocisto necesita recuperar su equilibrio interno, reorganizar sus células y restablecer su funcionamiento como una unidad coordinada.

Ese proceso tiene lugar durante las primeras horas tras la desvitrificación. Y, aunque no sea visible a simple vista, en ese intervalo se decide en gran parte su capacidad para seguir adelante.

Un paso imprescindible: salir de su envoltura

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Antes de poder implantarse en el útero, el embrión debe liberarse de la zona pelúcida, una estructura que lo rodea en sus primeros días.

Mientras esa capa actúa como protección, el embrión permanece contenido. Pero llega un momento en el que se convierte en una barrera. Entonces, el blastocisto comienza a expandirse desde su interior, generando presión mediante el movimiento de iones y agua. Esa presión progresiva distiende la zona pelúcida hasta que se produce una pequeña apertura y el embrión empieza a salir.

Este proceso, conocido como hatching, es imprescindible. Si no ocurre, la implantación no puede producirse.

Qué cambia tras la vitrificación

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Cuando el embrión ha sido vitrificado, este proceso ya no se desarrolla en condiciones estables.

Durante la desvitrificación, las células experimentan cambios osmóticos rápidos, intercambian sustancias protectoras utilizadas en la congelación y alteran temporalmente su permeabilidad. Aunque estos fenómenos duran minutos, el embrión necesita horas para recuperar su funcionamiento normal.

En ese tiempo debe restablecer la cohesión entre sus células, reconstruir su estructura y recuperar la capacidad de generar presión interna de forma sostenida.

 

Cómo se observa hoy este proceso

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Actualmente, este comportamiento puede estudiarse gracias a incubadores con sistemas de imagen incorporados, conocidos como incubadores time-lapse.

Estos dispositivos permiten mantener al embrión en condiciones estables mientras registran imágenes de forma continua, sin necesidad de sacarlo del incubador. De este modo, los embriólogos pueden observar su evolución minuto a minuto y analizar cambios que antes pasaban desapercibidos.

Gracias a esta tecnología, se ha visto que el blastocisto no permanece estático tras la desvitrificación. Al contrario, experimenta pequeñas variaciones de volumen: se expande, se contrae ligeramente y vuelve a expandirse. Son movimientos sutiles, pero repetidos, que reflejan su proceso de recuperación.

El estudio: analizar qué significan estos movimientos

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En este contexto, un estudio publicado en Fertility and Sterility, firmado por Laura Conversa Martínez, Carla Giménez Rodríguez, Lucía Murria, Lucía Alegre Ferri, Ana Cobo y Marcos Meseguer Escrivá, se propuso entender si estos cambios iniciales tienen un significado clínico.

El trabajo analizó 846 blastocistos vitrificados durante las primeras 3 a 5 horas tras la desvitrificación, utilizando sistemas de observación continua. A diferencia de evaluaciones puntuales, este enfoque permitió seguir de forma precisa la dinámica del embrión en tiempo real.

Los investigadores midieron varios aspectos clave. Por un lado, la velocidad con la que el embrión volvía a expandirse tras el calentamiento. Por otro, los cambios en su tamaño, el adelgazamiento de la zona pelúcida y la estructura de la masa celular interna, que dará lugar al futuro embrión.

Además, registraron todas las contracciones que experimentaba el blastocisto. No como un dato anecdótico, sino como un fenómeno cuantificable.

Para ello, establecieron una diferencia clara: consideraron contracciones suaves aquellas en las que el embrión reducía su volumen menos de un 15%, y contracciones intensas aquellas en las que esa reducción superaba ese umbral. Este punto de corte no fue arbitrario, sino que surgió al analizar las diferencias entre embriones que implantaban y los que no.

Qué nos dicen esas contracciones

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Desde el punto de vista biológico, estas variaciones de volumen reflejan el funcionamiento del trofoectodermo, la capa externa del blastocisto.

Cuando esta estructura ha recuperado su capacidad de regular el paso de agua y mantener la presión interna, el embrión puede experimentar pequeñas oscilaciones de volumen y volver rápidamente a su estado inicial. Esas contracciones suaves forman parte de un comportamiento coordinado.

En cambio, cuando la contracción es más intensa, puede indicar que esa regulación aún no es estable. Es una señal de que el embrión está teniendo más dificultad para mantener su equilibrio interno.

Qué observaron en los resultados

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Los resultados mostraron que los embriones con contracciones suaves tendían a presentar una recuperación más ordenada. Se expandían mejor, mostraban una evolución morfológica más favorable y tenían mayor probabilidad de completar el proceso de hatching.

Sin embargo, estas contracciones suaves no resultaron ser un predictor independiente del éxito. Es decir, por sí solas no permiten anticipar con certeza el resultado del tratamiento.

En cambio, las contracciones intensas sí se asociaron con peores resultados clínicos. En estos embriones, la tasa de implantación fue significativamente menor, al igual que la probabilidad de lograr un recién nacido vivo.

Lo más importante: la capacidad de reorganizarse

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Al analizar el conjunto de variables, el estudio señala algo especialmente relevante: los factores con mayor peso no son las contracciones en sí, sino la capacidad del embrión para reconstruirse.

La velocidad de reexpansión, la calidad de la masa celular interna o determinados signos de organización estructural fueron los indicadores más sólidos.

Esto sugiere que lo determinante no es tanto un movimiento concreto, sino la capacidad global del embrión para recuperar su funcionalidad tras la vitrificación.

Autor

Francisco Carrera

Persona | Experto en Comunicación y Divulgación de la Ciencia (UAM) | Embriólogo Clínico certificado (ASEBIR) | Máster en Biología de la Reproducción Humana (IVIC) | Licenciado en Bioanálisis (UCV).

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